Cuando te da por ser agua y a mi océano.
Cuando quiero
abarcarlo todo, importándome hasta la tierra.
Odio los cambios, odio las incertidumbres, odio la razón.
Odio no saber odiar del todo y odio las incongruencias continuas de lo que
digo, pienso y siento.
Alisto tierra constantemente, islas llamémoslas. Me pillan de
sorpresa, también me pillan, y no sé bien cómo amoldarme, si es que puedo
hacerlo. Arriba solo hay nubes, nubes que han querido escapar de mi
poder, de mi control. Que se evaporaron por decisiones propias, llamémoslas x,
y, z. El caso es que definieron sus coordenadas y todas tendían a una
verticalidad que yo no podía asumir. Se evaporaron y yo las veo desde aquí
abajo cómo son jodidamente grandes, cómodas, bellas, suaves, pero a la vez
abstractas, sin definición clara.
Y luego ... luego está ella. Luz se llamaba. Y uso pasado porque nunca
estoy seguro de su presente forma. Vivo enamorado de su sol, de sus idas y
venidas. Me mimetizo con él, sigo siendo solo reflejo y algunos se atreven
hasta a decirme que soy grande y que tengo personalidad, cuando ésta no deja de
estar marcada por los destellos y los colores que me invaden desde ahí arriba.
Y me vuelvo rojo, romántico; rosa, azul y verde, esperanzado; y me vuelvo
también naranja, violeta, con sueños. Y de repente … solo oscuridad y la luz se
vuelve punto. Y yo, en un intento torpe de fundirme con ella, la disocio con mis
movimientos, la propago de nuevo deformada para que alguno si quiere se deje
llevar como yo lo he hecho y la interprete como sujeto, como hacen las
personas. Como hago yo conmigo y con mis incongruencias.
Y vuelven las mareas, que controlan, que desatan ese jodido
caos interno haciéndolo externo. Y diviso tierra, que parece distinta, pero … ¡Joder! Aquí Luz sigue siendo la misma.