29 de septiembre de 2015

Señor océano.

Cuando te da por ser agua y a mi océano. 
Cuando quiero abarcarlo todo, importándome hasta la tierra. 

Menuda osadía la mía, que me creo capaz de crear tsunamis y arrasarlo todo cuando al final son las propias olas y las corrientes las que pueden conmigo, las que me remueven, las que todo lo cambian. 
Odio los cambios, odio las incertidumbres, odio la razón. Odio no saber odiar del todo y odio las incongruencias continuas de lo que digo, pienso y siento.
Alisto tierra constantemente, islas llamémoslas. Me pillan de sorpresa, también me pillan, y no sé bien cómo amoldarme, si es que puedo hacerlo. Arriba solo hay nubes, nubes que han querido escapar de mi poder, de mi control. Que se evaporaron por decisiones propias, llamémoslas x, y, z. El caso es que definieron sus coordenadas y todas tendían a una verticalidad que yo no podía asumir. Se evaporaron y yo las veo desde aquí abajo cómo son jodidamente grandes, cómodas, bellas, suaves, pero a la vez abstractas, sin definición clara.
Y luego ... luego está ella. Luz se llamaba. Y uso pasado porque nunca estoy seguro de su presente forma. Vivo enamorado de su sol, de sus idas y venidas. Me mimetizo con él, sigo siendo solo reflejo y algunos se atreven hasta a decirme que soy grande y que tengo personalidad, cuando ésta no deja de estar marcada por los destellos y los colores que me invaden desde ahí arriba. Y me vuelvo rojo, romántico; rosa, azul y verde, esperanzado; y me vuelvo también naranja, violeta, con sueños. Y de repente … solo oscuridad y la luz se vuelve punto. Y yo, en un intento torpe de fundirme con ella, la disocio con mis movimientos, la propago de nuevo deformada para que alguno si quiere se deje llevar como yo lo he hecho y la interprete como sujeto, como hacen las personas. Como hago yo conmigo y con mis incongruencias.
Y vuelven las mareas, que controlan, que desatan ese jodido caos interno haciéndolo externo. Y diviso tierra, que parece distinta, pero … ¡Joder! Aquí Luz sigue siendo la misma.