Y mira sus manos,
delicadas, pidiendo reclamo.
Y, tras un grito de auxilio, toca con sus dedos una libertad marchita,
perdida entre el ayer y la esperanza tardía
pero libertad al fin y al cabo.
Y mira sus manos,
desgastadas en tan pocos años,
sin perder la belleza entre arrugas tempranas.
Toca su piel, suave y delicada,
con algún callo dueño de pequeños sacrificios,
éxitos y fracasos resumidos en alguna dureza.
Y mira sus manos
y la quiere libre pero suya,
porque cuando toca es sincera,
porque cuando le toca,
tiembla su vida entera.