31 de julio de 2014

S.P.N.B

Perdería la cuenta de los besos que me quedan por darte, y repetiría miles de veces apuestas que ganaría. Desafiaría a las horas en mi portal, en tu cama, entre mis dientes. Volaría donde hiciese falta y te echaría de menos para, de nuevo, encontrarte y encontrarme también. Las olas me dan vida desde que te cuento los lunares y la brisa sienta de lujo si eres tu el que está tumbado a mi lado para sentirla.
Los atardeceres luchan con el anochecer para que marquemos la diferencia y tu mientras te quedas pegado a mi pelo, me besas el cuello, me vuelves loca. Y una luz brilla a lo lejos en este cielo opaco, que es el mismo para los dos aquí que allí. Lo miro y esta constelación me habla de ti, de mi, de los secretos que nos confesamos, de las ganas que te tengo; de la despedida que no es despedida, del "hasta pronto" que esconde mi "te quiero"; del "te echo de menos" que reivindica mil y un besos, mil y una noches, una cuenta atrás que empieza por infinito.

13 de julio de 2014

"No es que esté lejos, es que estoy en una nube"

Lo bonito de los silencios es cuando los compartes, cuando no necesito más que tu mirada para entenderte y para perderme también; cuando me rozas y yo te acaricio y a veces se interrumpe ese silencio con una pequeña carcajada. Lo bonito es cuando ríes, cuando paseo y las nubes posan envidiosas esperando a que las mires para darlas forma pero no lo haces, porque me miras fijamente y eso a mi me eclipsa. Siento que últimamente me desconozco demasiado pero podría acostumbrarme a esta situación. Siento que incluso ya no sé escribir sin pensar que las palabras que encuentro no son suficientes ¿Qué cojones tienes? Peor que la droga, sin duda, me absorbes por completo. Y es que quiero conocerte tanto hasta el punto de llegar a entender esos silencios que cayemos en un futuro, dueños de secretos de tu a tu, de ti y de mi, de una sola forma: "nosotros".
Si tu me dejas, podemos volar juntos.

2 de julio de 2014

Casualidad repentina

La hoja se coló de repente en un recoveco de la puerta mientras esta permanecía entreabierta. Se coló y se posó en un montón abandonado en la esquina de aquella mesa, a la espera de cualquier casualidad repentina, del mismo modo, pasando desapercibida.
Esa puerta se cerró y pocos vientos había que pudieran dar pie al desorden instantáneo, a esa pequeña materialización de historias abandonadas. Hasta que un día, sin más ni menos, pasaste por aquella mesa dejando una pequeña brisa tras de ti que sacó a relucir esa hoja.

        Casualidad repentina.

La leíste sin esperar nada a cambio y vino a entregarte todo aquello que tenía escondido. De repente, cada palabra se adecuaba a ti, te daba forma y, conforme más la releías, todo tenía más sentido. La cuidabas, pero las arrugas empezaban a hacer mella. Hasta que, casualidad repentina, la puerta volvió a abrirse y el viento hizo el resto.

     “Volar…

                   Volar…”