La hoja se coló de repente en un recoveco de la puerta
mientras esta permanecía entreabierta. Se coló y se posó en un montón
abandonado en la esquina de aquella mesa, a la espera de cualquier casualidad
repentina, del mismo modo, pasando desapercibida.
Esa puerta se cerró y pocos vientos había que pudieran dar
pie al desorden instantáneo, a esa pequeña materialización de historias
abandonadas. Hasta que un día, sin más ni menos, pasaste por aquella mesa
dejando una pequeña brisa tras de ti que sacó a relucir esa hoja.
Casualidad
repentina.
La leíste sin esperar nada a cambio y vino a entregarte todo
aquello que tenía escondido. De repente, cada palabra se adecuaba a ti, te daba
forma y, conforme más la releías, todo tenía más sentido. La cuidabas, pero las
arrugas empezaban a hacer mella. Hasta que, casualidad repentina, la puerta
volvió a abrirse y el viento hizo el resto.
“Volar…
Volar…”