2 de julio de 2014

Casualidad repentina

La hoja se coló de repente en un recoveco de la puerta mientras esta permanecía entreabierta. Se coló y se posó en un montón abandonado en la esquina de aquella mesa, a la espera de cualquier casualidad repentina, del mismo modo, pasando desapercibida.
Esa puerta se cerró y pocos vientos había que pudieran dar pie al desorden instantáneo, a esa pequeña materialización de historias abandonadas. Hasta que un día, sin más ni menos, pasaste por aquella mesa dejando una pequeña brisa tras de ti que sacó a relucir esa hoja.

        Casualidad repentina.

La leíste sin esperar nada a cambio y vino a entregarte todo aquello que tenía escondido. De repente, cada palabra se adecuaba a ti, te daba forma y, conforme más la releías, todo tenía más sentido. La cuidabas, pero las arrugas empezaban a hacer mella. Hasta que, casualidad repentina, la puerta volvió a abrirse y el viento hizo el resto.

     “Volar…

                   Volar…”