"El gimnasio al que vas está lleno de tíos que intentan parecer hombres, como si ser un hombre significara rendirse a los deseos de un escultor o un director artístico" (El club de la lucha, Chuck Palahniuk)
Somos dueños de una belleza innata. La belleza que habla
desde dentro, que explota por necesidad de ser oída y sin que nadie la escuche.
Somos los únicos que la poseen y, sin embargo, dejamos que se esfume, sin
verla, pasa desapercibida ante nuestros ojos, pero pasa.
Pasó, como tú cuando te
fuiste, como yo cuando quise darme cuenta de que te habías ido. Un sinfín de
nadas y un cúmulo de todo.
Dime ahora qué belleza buscas si no fuiste capaz de
apreciar tu propio corazón. El alma ahora habla sola, se siente sola, porque
nadie la escucha, porque nadie la toca. Alza su mano e intenta hacer lo mismo
con su voz pero está muda. El paso de los años la ha resquebrajado y ahora se
oculta en un culto al cuerpo, que no ente culto, y ahí se queda. Sin valores, sin
alimentos, sin una sustancia que le haga sentir viva, sin esas emociones, porque
estas decidieron esfumarse por miedo o por necesidad de huir de un mundo
rendido al artificio. Fueron listas, al menos tomaron una decisión, no como otros,
que nos quedamos viendo cómo corren, cómo huyen y se esfuman, pasivos y sin
hacer nada.