10 de junio de 2013

Sin ser, me vuelvo duro como una roca

"El gimnasio al que vas está lleno de tíos que intentan parecer hombres, como si ser un hombre significara rendirse a los deseos de un escultor o un director artístico" (El club de la lucha, Chuck Palahniuk)

Somos dueños de una belleza innata. La belleza que habla desde dentro, que explota por necesidad de ser oída y sin que nadie la escuche. Somos los únicos que la poseen y, sin embargo, dejamos que se esfume, sin verla, pasa desapercibida ante nuestros ojos, pero pasa.

Pasó, como tú cuando te fuiste, como yo cuando quise darme cuenta de que te habías ido. Un sinfín de nadas y un cúmulo de todo. 

Dime ahora qué belleza buscas si no fuiste capaz de apreciar tu propio corazón. El alma ahora habla sola, se siente sola, porque nadie la escucha, porque nadie la toca. Alza su mano e intenta hacer lo mismo con su voz pero está muda. El paso de los años la ha resquebrajado y ahora se oculta en un culto al cuerpo, que no ente culto, y ahí se queda. Sin valores, sin alimentos, sin una sustancia que le haga sentir viva, sin esas emociones, porque estas decidieron esfumarse por miedo o por necesidad de huir de un mundo rendido al artificio. Fueron listas, al menos tomaron una decisión, no como otros, que nos quedamos viendo cómo corren, cómo huyen y se esfuman, pasivos y sin hacer nada.