Arde, arde y no lo sabe,
me evade en cada palabra que cree en valde,
absortos se quedan todos cuando habla
y yo callo, con contemplarle me basta.
Creyente de una religión del amor eterno,
ardiente y vivo en cada soplo de viento.
Alegre se muestra al público en su concierto,
inteligente y poeta de nacimiento.
También llora, llora y no abandona,
apoyo incluso a deshora
y a destiempo sigue siendo compás cuerdo
y, sin quererlo, se convierte en el centro.
Mira, sus pupilas están vivas.
A cada momento le da
rima. Y, así, yo trastoco este poema torpe,
intentando plasmar un nombre que es maravilla,
obligando a descolocarlo todo, como me descoloca él la vida.
Pero prefiero mil veces este desorden si es su luz la que brilla.