3 de noviembre de 2014

La excepción que confirma la regla.

Las rupturas siempre fueron jodidas, y decírmelo a mí que llevo ya varias a mis espaldas. El caso, y esto es una verdad como un templo, es que por mucho que nos duela, queridos míos, todo es cuestión de tiempo. Tenéis que tener claro que el recuerdo de esa persona que considerabais especial no tenderá hacia el olvido sino que, en cierto modo, siempre estará ahí porque fue otra experiencia más de  vuestra vida, un “ente con el que tenías algo que aprender” digamos. La cuestión es que él, precisamente, no era cualquiera. Desde que le conocí inconscientemente lo supe, tenía algo en la mirada, algo que te llevaba a confiar plenamente, algo que te atrapaba aún sin saberlo. Él era vida en sí mismo, puro alma; diversion, inteligencia y emoción; era sensibilidad y cordura; era sensato y fiel a sus valores, unos valores tan asentados que paradójicamente admiraba . Jamás, y de esto estoy bien segura, he confiado en alguien como lo hice en él. Tenía la necesidad de darle todo lo que estuviese en mi mano que se me olvidó por completo su necesidad de mi tangibilidad y mi miedo a la dependencia. Lo único que me importaba era hacerle feliz, saber que al final del día tendría sus buenas noches, que cuando me despertase me daría los buenos días, que seguiría siendo mi apoyo incondicional aún estando lejos y con eso, os juro, que sobraba y bastaba. Él me dio alas para ser libre sin saber que mi libertad estaba consigo; y, aún así, dice que merezco “algo más”, sin saber que lo mejor que podía haber encontrado era a él mismo. No por un sentimiento abstracto sino porque él era concreto, real.
La pena de todo esto fue precisamente eso de lo que os he hablado al principio, el tiempo. Una conversación supeditada a una espera que, para cuando llegó, cualquier ápice de rendición ya estaba fuera de lugar. Lo triste fue verle, dar un paseo por todas las zonas que habíamos pisado y saber que nuestras sombras ya no irían al unísono. Mirarle de nuevo y darme cuenta de que no volvería a ser suya como desde ese instante quise, como aún con el tiempo sigo queriendo. Asumir un sino que se resume en tenerle cerca y controlar las distancias, esas que nos habían matado, esas a las que ahora estamos tan supeditados. Y es que, queramos o no, la vida a veces es injusta y no queda otra que aprender a convivir con desenlaces fracasos.
Hoy le veo triunfador. Se encontró a sí mismo y solo pido que en cada momento me siga teniendo presente, que se acuerde de un siempre que fue sincero y de que le sigo echando de menos, sin echarle, aunque a veces parezca lo contrario. Que algo tan fuerte como nuestro nosotros jamás quedará solo en eso: aprendizaje.