Las rupturas siempre fueron
jodidas, y decírmelo a mí que llevo ya varias a mis espaldas. El caso, y esto
es una verdad como un templo, es que por mucho que nos duela, queridos míos, todo
es cuestión de tiempo. Tenéis que tener claro que el recuerdo de esa persona
que considerabais especial no tenderá hacia el olvido sino que, en cierto modo,
siempre estará ahí porque fue otra experiencia más de vuestra vida, un “ente con el que tenías algo que aprender” digamos. La cuestión
es que él, precisamente, no era cualquiera. Desde que le conocí
inconscientemente lo supe, tenía algo en la mirada, algo que te llevaba a
confiar plenamente, algo que te atrapaba aún sin saberlo. Él era vida en sí
mismo, puro alma; diversion, inteligencia y emoción; era sensibilidad y cordura; era
sensato y fiel a sus valores, unos valores tan asentados que paradójicamente admiraba . Jamás, y de esto estoy bien segura, he confiado en alguien como lo
hice en él. Tenía la necesidad de darle todo lo que estuviese en mi mano que se me
olvidó por completo su necesidad de mi tangibilidad y mi miedo a la dependencia.
Lo único que me importaba era hacerle feliz, saber que al final del día tendría
sus buenas noches, que cuando me despertase me daría los buenos días, que
seguiría siendo mi apoyo incondicional aún estando lejos y
con eso, os juro, que sobraba y bastaba. Él
me dio alas para ser libre sin saber que mi libertad estaba consigo; y, aún así,
dice que merezco “algo más”, sin saber que lo mejor que podía haber encontrado
era a él mismo. No por un sentimiento abstracto sino porque él era concreto,
real.
La pena de todo esto fue
precisamente eso de lo que os he hablado al principio, el tiempo. Una conversación
supeditada a una espera que, para cuando llegó, cualquier ápice de rendición ya estaba
fuera de lugar. Lo triste fue verle, dar un paseo por todas las zonas que
habíamos pisado y saber que nuestras sombras ya no irían al unísono. Mirarle de
nuevo y darme cuenta de que no volvería a ser suya como desde ese instante quise,
como aún con el tiempo sigo queriendo. Asumir un sino que se resume en tenerle
cerca y controlar las distancias, esas que nos habían matado, esas a las que
ahora estamos tan supeditados. Y es que, queramos o no, la vida a veces es
injusta y no queda otra que aprender a convivir con desenlaces fracasos.
Hoy le veo triunfador. Se
encontró a sí mismo y solo pido que en cada momento me siga teniendo presente, que
se acuerde de un siempre que fue sincero y de que le sigo echando de menos, sin
echarle, aunque a veces parezca lo contrario. Que algo
tan fuerte como nuestro nosotros jamás quedará solo en eso: aprendizaje.