Vivía del placer, de su habilidad para construir discursos,
del don de palabra que le permitía surcar bocas delirantes. Vivía de cuerpos y
no de recuerdos, de la volatilidad de los instantes, del éxtasis de la noche.
Intenso.
A raudales, su lujuria recorría todas las calles de la
ciudad y no había mujer que se le resistiese. Inspiraciones repentinas de
noches entre sábanas. Historias de alcohol y sudor que recordar al día
siguiente entre cervezas. Había surcado miles de cuerpos y ninguno como el
suyo, pero era demasiado orgulloso para admitir que esa espalda era distinta,
que esa boca sabía diferente, que sus manos eran como cuerdas de guitarra y que
los acordes sonaban mejor bajo su vientre. Le había atado una química feroz, voraz
pero la huida siempre le generó más éxitos que fracasos, y ya sabéis eso de que
hay que guardar las apariencias.
Ante eso, bebió otro
trago y escogió una nueva víctima que llevarse a la boca. Otra noche
encendiendo el cigarrillo de después, un nuevo cuerpo desnudo a su lado y una calada en
la que quemar aquellas últimas palabras que bombeaban en su cabeza:
- - Todavía
puedo ser tu musa, si es que aún crees en el arte.