Y no supe no abrazarme a ese momento, ni no absorber cada
ápice del alma que tenía por brindarme. Y, creyéndome fuerte, me dejé llevar en
cada respiración entrecortada que se producía en la habitación, en cada mirada llena
de miedo, de deseo, de esperanza. Y no supe no sentirle cerca, no besarle las razones de
seguir latiendo, ni no rendirme a un corazón nervioso pero firme. No supe no sincerar todas mis vivencias, ni ser payasa en cuerpo maduro. Acaricié su espalda y descubrí que la suavidad no
tiene por qué estar focalizada en las manos, que el cariño puede exprimirse en dosis concentradas de ternura.
Tembló, de nuevo, y me miraba lleno de todo, con la inocencia
que creía perdida; como un niño grande, ilusionado e inconsciente por descubrir un mundo nuevo.
Y así, no tuve más remedio que rendirme a su inercia.
Aumentamos velocidad,
frenamos el miedo.
Soplamos la llama
y el humo hizo el resto.